Make your own free website on Tripod.com














Relato de la construcción del primer Santuario filial de Schoenstatt

Guía del Peregrino





Schoenstatt - Guía del Peregrino
Autor: Padre Esteban Uriburu
Schoenstatt, un lugar de peregrinación




"Sospecharán lo que pretendo: quisiera convertir este lugar en un lugar de peregrinación, en un lugar de gracia para nuestra casa y toda la Provincia alemana y quizás, más allá..." Este era el plan audaz que el Padre José Kentenich, Director Espiritual del Seminario Menor de los Padres Palotinos, proponía a sus jóvenes educandos, aquel 18 de octubre de 1914, en el valle de Schoenstatt, Alemania. Los invitaba a trabajar a fin de transformar la antigua capillita de San Miguel en un Santuario mariano ("el Santuario que se hallaba desde tiempos inmemoriales más o menos abandonado, desmantelado y vacío, ha sido restaurado por nosotros y por iniciativa nuestra dedicado a la Sma. Virgen"). Hacía dos meses que había estallado la gran guerra europea, que iba a transformarse en la Primera Guerra Mundial.

Desde aquel día de octubre han transcurrido más de seis décadas. El Padre Kentenich ha muerto -el 15 de setiembre de 1968. Pero sus palabras de entonces se han tornado realidad. El profeta tenía razón. O mejor dicho, el profeta detectó un plan de Dios para con ese lugar. Descubrió una fuente de gracias -en aquel momento apenas un hilo de agua- que hoy se ha convertido en poderosa corriente de gracias, de vida y de ideas, llegando a muchos países y a todos los continentes.

La palabra Schoenstatt es pronunciada en Paraguay y en Australia, en los Estados Unidos de Norteamérica y en el Caribe, en Sudáfrica y en la India...Aquella pequeña capillita dedicada a San Miguel Arcángel es actualmente el Santuario "original" que se ha multiplicado en Alemania, Europa y el mundo, a través de una red de más de noventa Santuarios "filiales". Fue reconocido oficialmente por la Iglesia como Santuario en 1947.

Schoenstatt, un lugar de peregrinación. Mucha gente se pregunta si allí se apareció la Virgen, como suele ocurrir en otros lugares santos, por ejemplo, Lourdes o Fátima. No, en Schoenstatt no hubo ninguna aparición de la Madre de Dios. Pero ella, ciertamente, se ha manifestado desde ese pequeño lugar; allí ha tomado una iniciativa divina, a través de un instrumento sacerdotal, el Padre Kentenich. "Todos los que acudan acá para orar" -decía en la plática del 18 de octubre de 1914- deben experimentar la gloria de María. Allí donde la Virgen María se hace presente, surge la vida. Allí donde ella se encuentra, hallamos la paz.

Allí donde ella se ha vinculado, derrama en abundancia sus tesoros, sus gracias. Siempre en favor de los hombres, sus hijos. Y, como toda buena madre lo hace, preocupándose de manera particular de aquellos que más sufren, de los más necesitados, de los más débiles. Es justo que una madre, es justo que María obre así.

Schoenstatt, un lugar de peregrinación. Hay muchos y diversos Santuarios marianos en América Latina y en el mundo. Múltiples, son las gracias que María concede desde cada lugar. ¿Por qué habrá querido manifestarse también en Schoenstatt? Para responder a esta pregunta, nada mejor que recurrir al testimonio de su instrumento principal, el Padre Kentenich, y a la historia vivida a partir de su fundación. Con aguda percepción de los problemas de su época, y con profunda intuición ante el futuro, el Padre Kentenich detectó que estábamos ante un cambio radical en el mundo. Y, en el centro de la problemática, contemplaba al hombre. Veía un creciente proceso de masificación, detectaba el peligro de su desarraigo de valores, personas y tradiciones. Percibía el creciente fenómeno del ateísmo, ya en desarrollo. Captaba que tiempos nuevos requerían un nuevo tipo de hombre. La Virgen María debía ser su Madre, dar nuevamente a luz a Cristo en el corazón de los hombres. En Schoenstatt y desde Schoenstatt, quería sobre todo manifestarse, como Educadora de ese "hombre nuevo" y de esa "nueva comunidad".

Debemos preguntar también a la historia, a lo ocurrido a partir de aquel 18 de octubre de 1914. Los hechos hablan de un lenguaje elocuente. Miles, millares de personas han encontrado en Schoenstatt un hogar espiritual. Han recibido allí gracias especiales. Desde esa pequeña capillita en el valle ha surgido un fuerte movimiento de renovación espiritual, una gran ola religiosa, que, haciéndose cada vez más grande a medida que avanza, va en busca de "nuevas playas" del futuro. Un movimiento que busca la transformación del hombre en Cristo, a través de una alianza de amor con María. Una corriente de entrega heroica y de santidad (esta era una exigencia del plan original: "Aceleración del desarrollo de nuestra propia santificación y, de esta manera, transformación de nuestra Capillita en un lugar de peregrinación"). Han surgido seis Institutos Seculares, comunidades de dirigentes católicos, comunidades contemplativas, un vasto movimiento laical, un movimiento popular y de peregrinos.

Donde está la Virgen María, allí está presente el Señor, allí actúa su Espíritu. Nunca podremos comprender o valorar plenamente las maravillas que obra el Señor. Es suficiente percibir su cercanía para experimentar un profundo asombro. Y sentir nacer en nosotros la gratitud. Así lo expresaba el Padre Kentenich, en forma de oración:

Gracias Padre, porque elegiste a Schoenstatt y porque allí Cristo nace de nuevo. Gracias porque desde allí quieres irradiar al mundo las glorias de nuestra Madre, inundando los fríos corazones con torrentes de amor.

 

El documento de Fundación (18/10/1914).

Si quieres comprender algo en profundidad, debes preguntar por sus raíces. Si queremos captar qué es Schoenstatt, debemos indagar el hecho constitutivo a partir del cual se ha desarrollado. Y esto nos lleva a un lugar -Schoenstatt- en el valle de Valendar (Alemania) y a una fecha, el 18 de octubre de 1914. Ese día en la antigua capillita de San Miguel, recién inaugurada, el Padre Kentenich sellaba una alianza de amor con la Sma. Virgen. La plática que diera en esa oportunidad a los jóvenes seminaristas, fué reconocida por él mismo, años más tarde, como el documento de fundación del Movimiento de Schoenstatt. Y su testimonio es decisivo.

Al comparar la historia del Santuario de Schoenstatt con la de otros lugares en los cuales también se ha manifestado la Virgen María, constatamos semejanzas y diferencias. Algo común a todos: Dios busca siempre instrumentos humanos a través de los cuales se acerca a los hombres. En 1830 la Sma. Virgen se aparece, en París, a una joven novicia, Catalina Labouré y le transmite un mensaje, conocido más tarde como la "Medalla Milagrosa". En 1858, la Virgen María se aparece en la gruta de Lourdes a Bernardita Soubirous, una humilde pastora, que es la única en recibir y transmitir el mensaje de la Señora. En 1917 vuelve a aparecer la Sma. Virgen en Fátima, en una serie de manifestaciones que culmina con la famosa "danza del sol" del 13 de octubre de aquel año, pero los únicos que escuchan el mensaje son los tres pastorcitos. En octubre de 1914 la Madre de Dios toma una nueva iniciativa en Schoenstatt, Alemania y ahora el instrumento humano es un joven sacerdote de 29 años, el Padre José Kentenich. Hasta aquí las semejanzas.

Pero veamos también las diferencias. En París, en Lourdes o en Fátima, María se muestra en forma visible. En Schoenstatt, en cambio, no sucede así. Tanto más activa es, entonces, la acción del instrumento humano, al captar un plan de Dios guiado solamente por la fe práctica en la Divina Providencia.

Aquel 18 de octubre, el Padre Kentenich comunica a sus interlocutores "una secreta idea predilecta", un "pensamiento audaz", algo que venía rumiando hacía cierto tiempo. ¿Acaso no sería posible que la Capillita de nuestra Congregación al mismo tiempo llegue a ser nuestro Tabor, donde se manifieste la gloria de María?. Tres meses antes, el 18 de julio, había llegado a sus manos un artículo escrito por el Padre Cipriano Frohlich, narrando la historia del Santuario de Pompeya (Italia). Había surgido, no como en otros lugares, por una aparición de la Virgen María. Dios eligió allí un instrumento humano para realizar sus planes: un abogado, Bartolo Longo (recientemente beatificado por Su Santidad Juan Pablo II). El paralelo era sugerente. Lo que había acontecido en Pompeya ¿no podría repetirse en Schoenstatt? Su propuesta fue realmente audaz. Pero -les decía a los jóvenes seminaristas- "¡cuántas veces en la historia del mundo ha sido lo pequeño e insignificante el origen de lo grande! ¿Por qué no podría suceder también lo mismo con nosotros?" Se trataba inducir a nuestra Señora y Soberana a que erija aquí su trono de manera especial, que reparta sus tesoros y obre milagros de gracia. El Padre Kentenich no escuchó a hablar a la Virgen María. Intuye lo que Ella querría decir. Establece un paralelo con una hora decisiva en la historia de Santa Juana de Arco: "Se me figura que nuestra Señora, en estos momentos, en la antigua capilla de San Miguel, nos dirige estas palabras por boca del santo arcángel: No se preocupen por la realización de su deseo. Amo a los que me aman. Pruébenme primero por hechos que me aman realmente y que toman en serio su propósito. Ahora tienen para ello la mejor oportunidad".

La historia de Schoenstatt, desde aquel día -un día como todos los demás, pero al mismo tiempo, un día diferente-, comprueba que aquellos anhelos se transformaron en hechos. En la pequeña capillita de San Miguel, la Madre de Dios ha erigido su trono de manera especial, ha repartido sus tesoros, ha obrado milagros de gracia.

El pequeño Santuario de Schoenstatt, se ha multiplicado a lo largo y a lo ancho del mundo, a través de los Santuarios "filiales" (el primero fue erigido en Nueva Helvecia/Uruguay). La presencia de María y la manifestación de sus glorias se ha multiplicado a través de los numerosos santuarios-del-hogar en las familias. En todos estos lugares, María quiere manifestarse como Madre y Educadora, obrando grandes cosas. Pero en todos requiere también, según leyes permanentes a la historia de salvación, la cooperación humana. Así lo expresa el lema: "Madre, nada sin tí; nada sin nosotros".

 

Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt

Vamos a explicar ahora el nombre de "esta" Virgen. Comencemos por el final. El hecho de llevar un nombre extranjero, en alemán -idioma difícil para nosotros los latinos- crea una primera dificultad. A veces se levantan voces preguntando si no sería posible traducir, o eventualmente, cambiar, el nombre de "Schoenstatt". Tales reacciones son comprensibles. Pero el nombre no se puede cambiar. ¿Por qué? Porqué expresa un vínculo fundamental al lugar concreto, donde la Sma. Virgen ha querido manifestarse. Todo nombre tiene también su historia. Así el de "esta" Virgen, cuyo título oficial es el de "Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt. ¿Cómo, entonces, surgió el mismo?

Debemos retroceder hasta la fundación de Schoenstatt, a los años de la primera Guerra Mundial. A través de la Congregación Mariana se introdujo en Schoenstatt el nombre de "Madre tres veces Admirable", ya que ella se inspiró en la famosa Congregación Mariana de Ingolstadt (donde María era venerada bajo la advocación: "Mater ter admirabilis", Madre tres veces Admirable, título preferido por su santo inspirador, el Padre Rem, SJ). En aquella época circulaba entre los jóvenes congregantes una oración, compuesta por el Padre Kentenich, que comenzaba así: "Madre tres veces admirable, enséñanos a combatir como luchadores tuyos...".

Más tarde se añadió al nombre oficial de la Virgen de Schoenstatt la palabra: "Reina". Fue en tiempos de la lucha contra el Nacionalsocialismo. Como en todos los demás movimientos e instituciones católicas de Alemania, Schoenstatt fue perseguido por la dictadura nazi. Desde un plano puramente humano, fue una lucha muy desigual. El Padre Kentenich la comparó, en su momento, al enfrentamiento del pequeño David con el gigante Goliath.

La Familia de Schoenstatt, juntando fuerzas en sí misma, tomó conciencia de la consagración, de la alianza de amor que la unía a la Virgen María. Surgió entonces en sus filas una corriente de coronación, tanto en Schoenstatt, como más tarde entre los prisioneros schoenstattianos en el campo de concentración de Dachau. Aquí fue coronada como "Reina del campo de concentración". Con este acto de piedad mariana, querían reconocer, ante María, su desvalimiento humano, pero al mismo tiempo, el poder real de la Sma. Virgen, expresando la total disponibilidad a su servicio. A su regreso del campo de concentración, el Padre Kentenich renovó solemnemente esta coronación en Schoenstatt, el 18 de octubre de 1946, proclamando a la Virgen María "Reina del mundo".

El título de "Vencedora" es más reciente, y surge también de la historia de la Familia de Schoenstatt. Pocos años después de la liberación del campo de concentración, comenzaron para el Padre Kentenich y para Schoenstatt duras pruebas. Esta vez las dificultades fueron con la Iglesia, resultando para el Fundador un destierro de catorce años (1951-1965, la mayor parte de los cuales transcurrió en Milwaukee/USA, de 1952 a 1965). El mismo concluyó con su rehabilitación en Roma, durante el transcurso de la cuarta y última sesión del Concilio Vaticano II, por el Papa Pablo VI. Para Schoenstatt fueron tiempos muy duros. Por momentos no se vislumbraba, humanamente hablando, ninguna solución a los problemas planteados. En medio de muchas oscuridades, el Padre Kentenich mantuvo impertérrito una total confianza en la victoria final de la Sma. Virgen. Los acontecimientos del año 1965 (su ida a Roma y su rehabilitación, que culminaron con su regreso a Schoenstatt en la Nochebuena de ese año, tras 14 años de ausencia) produjeron un cambio decisivo en la situación.

En reconocimiento a la manifiesta acción que le cupo a la Virgen María en su liberación, el Padre Kentenich, a partir de un acto de coronación de la Sma. Virgen en Liebfrauenhohe (31 de mayo de 1966) quiso que, en adelante, al título de Madre y Reina de Schoenstatt se añadiese el de "Vencedora".

Antes de concluir, valga una aclaración. Comenzamos explicando el nombre oficial de "esta" Virgen. Qué responder a la pregunta: ¿Por qué hay tantas advocaciones diferentes de la Virgen María? ¿Qué significa esto? La respuesta es simple: No es que haya diversas vírgenes, por más que hablemos de la Virgen de Luján, la Virgen de Itatí, la Virgen del Valle, la Virgen de Fátima, la Virgen de Lourdes, de María Auxiliadora... o cualquier otra de las múltiples advocaciones o títulos existentes. Es cuestión de cambiar la preposición "de" por la preposición "en", en cuyo caso se esclarece la cuestión. Existe una única y misma Virgen María, Madre de Dios y Madre de todos los hombres, que se ha manifestado -y manifiesta- en diversos lugares: en Luján; en Itatí; en Lourdes o como María Auxiliadora. Al hablar de la Virgen de Schoenstatt, queremos decir lo mismo: es la Virgen María que se ha manifestado en Schoenstatt.

Hemos aclarado el título oficial de Nuestra Señora de Schoenstatt. Pero esto no significa que el mismo se use en forma cotidiana. Cada persona tiene también un nombre "oficial" (es el que consta en sus documentos de identidad) pero en la vida diaria se la llama, normalmente, con nombres más familiares o cortos. Es así, como uno escucha hablar en Schoenstatt, de "la Mater", de la MTA, de Nuestra Señora de Schoenstatt u otros apelativos. Todas son posibilidades válidas.

 

El Padre Kentenich

"Quien tiene una misión ha de cumplirla, aunque conduzca al abismo mas profundo y oscuro, aunque un salto mortal siga a otro", decía con serenidad y total convicción, al atardecer del día 31 de mayo de 1949, en la capillita aún no del todo concluída, a los pies de la cordillera andina, el Padre José Kentenich. Tenía a la sazón 64 años. Esas palabras eran fiel reflejo de su vida. Nacido el 18 de noviembre en el pueblecito de Gymnich (Alemania), a partir de los nueve años fue internado, durante los cinco siguientes, en un orfanato en Oberhausen. En 1899 ingresa al Seminario Menor de los Padres Palotinos en Ehrenbreitstein. En 1904 comienza su noviciado. Al cabo de seis años de duras pruebas -una salud muy frágil; crisis de fe que se prolongan por años y un primer rechazo de sus superiores al tratarse su acceso a la ordenación sacerdotal- es ordenado ministro de Cristo el 8 de julio de 1910. Comienza entonces una carrera que concluirá casi 60 años más tarde, al fallecer repentinamente, el 15 de setiembre de 1968, en el Monte Schoenstatt, luego de celebrar la Santa Misa. Profesor de latín y de alemán, Director Espiritual en el Seminario Menor de los Padres Palotinos en Schoenstatt. Fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Famoso predicador de retiros para sacerdotes en la década del '20 y la del '30. Perseguido por el Nacionalsocialismo. Prisionero en el campo de concentración de Dachau. Apóstol internacional (1947-1952). Desterrado en Milwaukee (1952-1965). Rehabilitado en 1965, trabajó activamente en Schoenstatt y Alemania los últimos tres años de su vida.

Los seres humanos, por nuestra condición sensible, buscamos encontrar a Dios, y a lo divino, encarnado en personas humanas concretas. El hombre no puede vivir sin arquetipos. No puede sentirse atraído por una religión puramente intelectual, desencarnada. Normalmente llegamos a la realidad invisible, al Dios vivo, a través de signos visibles que nos lo hacer cercano en la tierra. Por eso los hombres y mujeres de Dios siempre son necesarios. Hoy más que nunca. Dice el Concilio Vaticano II: "en la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, con mayor perfección se transforman a imagen de Cristo, Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro" (Iglesia, 50) Y también enseña el Concilio que, ante el fenómeno masivo del ateísmo contemporáneo, es tarea de la Iglesia hacer "transparentes" y "como visibles" a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo (Iglesia y Mundo 21). Esto fue el Padre Kentenich: un gran "transparente" de la paternidad de Dios. Así lo recuerda una madre de cinco hijos: "Conocí al Padre... me sentí querida, aceptada, acogida y comprendida como nunca antes. Me cambió la vida... ya no le tuve más miedo a la muerte, ni al juicio, ni a Dios... Si un ser humano, un padre terrenal puede dar tanta paz y alegría al alma, como será nuestro Padre Celestial?".

No es éste el lugar para dar una visión panorámica de la vida del Padre Kentenich. Queremos acercarnos a su persona desde un ángulo bien determinado, a saber: su relación con el movimiento del pueblo y de peregrinos de Schoenstatt. Cabría afirmar dos cosas: Siendo Schoenstatt reflejo de la persona, del espíritu del Padre Kentenich, es lógico que el Movimiento, en su espiritualidad y en su estructura, ponga de manifiesto la amplitud de corazón, la grandeza de alma, el universalismo de su Fundador. Por esta razón, Schoenstatt no podía ser totalmente un movimiento destinado a unos pocos, a una élite, a comunidades de jefes. También debía tener una dimensión universal, estar abierto a todos. "El Universalismo del Movimiento" -dijo el Padre Kentenich en una oportunidad- "exige que todo tipo de individuos y de personas puedan encontrar en él un hogar" (1935). Para lograr esto es necesario también el Movimiento del pueblo y de peregrinos, que el Padre Kentenich llamó a la existencia en la hora de la fundación (1914) e impulsó concretamente a partir de 1934.

Al mismo tiempo, el Padre Kentenich juego un rol decisivo en el movimiento popular. En Schoenstatt la presencia de María en el Santuario, y su mensaje, nos llegan a través del Padre Kentenich. A su vez, éste nos conduce a María, nos conduce al Santuario.

Las gracias de cobijamiento espiritual, transformación interior y apostolado que la Sma. Virgen allí concede, se hacen palpables, de modo extraordinario, en su vida.. Su entrega heroica, su vida de santidad sacerdotal es también un signo evidente, el más fuerte, de la realidad de María como Madre, Reina y Educadora desde el Santuario de Schoenstatt. El encarna, en forma preclara, el tipo de "hombre nuevo" que Dios quiere regalar a la Iglesia a través de la Alianza de Amor con María. A su vez, es tarea prioritaria del movimiento del pueblo y de peregrinos, dar a conocer, en forma masiva, la persona, el carisma y la misión del Padre Kentenich. "Las palabras conmueven, los ejemplos arrastran..."-

 

Nuestro Santuario

Quien se acerca a Schoenstatt por vez primera, de inmediato se encuentra con la realidad de la Capillita del Santuario. Basta ser poco observador, para detectar allí algo central del Movimiento, más aún, e el corazón de Schoenstatt. ¿Por qué? La respuesta es sencilla y profunda a la vez: porque a partir del 18 de octubre de 1914, la Santísima Virgen María ha querido vincularse allí de modo particular. De esa manera el Santuario de Schoenstatt se convierte en punto de enlace entre la tierra y el cielo: en lugar donde convergen la acción divina y la colaboración humana. Allí somos acogidos y desde allí somos enviados: allí vamos a pedir, pero también a ofrecer. Más que explicar el Santuario, se trata de conocerlo a partir de la propia experiencia.

Pero entremos, y contemplemos en silencio su interior. Encima del Tabernáculo vemos la imagen de Nuestra Señora de Schoenstatt, con el Niño en brazos. María no aparece sola, sino con Cristo, su Hijo, indisolublemente unida a El. Vemos la Cruz, vemos el Tabernáculo. Las leyes de siempre: donde está María, se hace presente el Señor Jesús. Esto es una característica central del Schoenstatt: por ser un movimiento profundamente mariano, por eso mismo se centra tan profundamente en Cristo. Aquí tenemos las dos puntas claves de la Redención: la cruz de Cristo (o Cristo en la cruz) y la imagen de María; el gran don de Dios Padre a los hombres, y la criatura humana que responde plenamente a sus designios y a su plan de salvación.

Concédeme entregar a los pueblos, como el signo de redención, tu cruz, Jesucristo, y tu imagen, María. ¡Qué nadie separe lo uno de lo otro, pues en su plan de amor el Padre los concibió como unidad!

Así reza una oración compuesta por el Padre Kentenich en el campo de concentración de Dachau. Desde los comienzos, el Santuario de Schoenstatt se caracterizó como lugar de un marcado culto eucarístico. Allí nació la adoración perpetua al Santísimo, que el Instituto de las Hermanas de María ha mantenido en forma ininterrumpida, día y noche, durante más de cincuenta años. De allí nacieron, en diferentes países y en diversas comunidades de la Familia de Schoenstatt, los círculos de adoración.

Encima de la imagen de Nuestra Señora de Schoenstatt, un símbolo hace presente al Padre, a su Divina Providencia. Es el así llamado "ojo del Padre". Los ojos de una persona, cuán decidores son. El ojo vigila, el ojo ausculta, el ojo penetra, el ojo transmite. La mirada del Padre es una mirada que protege, que cuida, pronta a ayudar y no a castigar. La mirada, los ojos del Padre son ojos de misericordia y de bondad. El símbolo del Padre nos habla del carácter fuertemente patrocéntrico de la espiritualidad. de Schoenstatt. Muy cerca de este símbolo, encontramos otro: una paloma que representa al Espíritu Santo. Son simplemente leyes del plan de Dios, leyes de la vida cristiana: La Virgen María conduce todo el amor que le damos a Cristo; nos da una creciente sensibilidad frente al Espíritu Santo, nos ayuda a conocer al Padre. En una palabra, María nos lleva a la Santísima Trinidad. Estamos ante el núcleo de la espiritualidad de Schoenstatt, expresada en esta brevísima oración: " Unenos en santa tri-unidad y así caminaremos en el Espíritu Santo hacia el Padre (P.Kentenich).

Pero hay otros símbolos. Debajo del cuadro central, divisamos las figuras de dos apóstoles: San Pedro, con las llaves y San Pablo, con la espada en la mano. Ambos nos hacen presente a la Iglesia de Cristo; ambos, en cierto sentido, representan al Colegio de los Apóstoles. Ambos nos recuerdan el rol de María en el misterio de la Iglesia; María como modelo, y, a la vez, Madre de la Iglesia. A la izquierda del altar, San Miguel Arcángel, venciendo al Dragón. San Miguel, a cuyo honor estaba dedicada la capillita antes del 18 de octubre de 1914, aparece como el gran luchador de la causa de Dios (Miguel significa: ¿quién como Dios?). El Dragón es símbolo del Maligno, del Demonio, del "poder de las tinieblas". Este signo nos hace tomar renovada conciencia de que en la historia humana, también en la historia de cada individuo, existen fuerzas invisibles en lucha: por una parte, las divinas, y por la otra, las demoníacas. Realidades olvidadas hoy por muchos, o para las cuales millones de hombres no tienen más sensibilidad, porque su fe se ha debilitado o está muerta. La presencia del Dragón nos hace pensar en la misión que la Virgen María tiene en esta lucha, esbozada tanto en el Génesis como en el Libro del Apocalipsis. María, la Vencedora de la Serpiente; María, la Aplastadora de la Serpiente.

Vemos la estatua de San José. No podía faltar, en un Santuario mariano, la persona del Patrono Universal de la Iglesia, el esposo de la Virgen María. Y en el lado opuesto, una imagen de Vicente Palloti, precursor de la Acción Católica: santo canonizado por el Papa Juan XXIII el 20 de enero de 1963; inspirador y pionero del proyecto de una Confederación Apostólica Universal que Schoenstatt ha asumido como uno de sus objetivos ("Danos fe en Schoenstatt y en Palotti y que este signo de unidad nadie nos lo arrebate" P.Kentenich).

En el Santuario, lugar donde convergen la acción divina y la colaboración humana. "Nada sin Tí, nada sin nosotros" "Yo amos a los que me aman". Expresiones típicas de Schoenstatt, que nos recuerdan el rol importante que juega la colaboración humana ante esta nueva iniciativa divina. Por eso, detrás de todo Santuario, encontramos las "Cruces Negras". La piedra de José Engling nos dice, con un lenguaje sencillo y elocuente, que la Virgen María se estableció en el Santuario porque hubo instrumentos humanos que se entregaron por entero, poniéndose totalmente a su disposición como instrumentos.

El Santuario, punto de enlace entre la tierra y el cielo. Allí la Sma. Virgen María nos concede, de manera particular, las gracias de la peregrinación.

 

Las gracias de peregrinación

"Quisiera convertir este lugar en un lugar de peregrinación, en un lugar de gracia..." decía el Padre Kentenich el 18 de octubre de 1914. La pregunta no es superflua: Y ¿qué es la gracia? Gracia es el don que Dios, nuestro Padre, nos hace a nosotros, sus hijos adoptivos, al manifestarnos su amor misericordioso en Cristo, su Hijo. Gracia es estar en comunión con el Dios vivo, es participar de la vida divina, siendo, realmente templos del Espíritu Santo. Gracia es también la ayuda que recibimos de Dios y que nos capacita para realizar bien los deberes de estado, nuestra misión personal de cada día.

El Santuario de Schoenstatt es un lugar de gracias, porque allí ha querido vincularse, de modo especial, la Sma. Virgen María. Y donde Ella, la "llena de gracia" se hace presente, es para guiarnos hacia Cristo, su Hijo. Para interceder para nosotros el Espíritu Santo. Para arraigarnos en el Padre. Para acercarnos a los hombres, nuestros hermanos. Para ayudarnos a un reencuentro profundo con nosotros mismos, conmigo mismo, en el reconocimiento de mi realidad personal, con sus luces y sombras. En la apertura al amor que Dios me tiene, a su amor misericordioso y fiel. Para hacernos vivir el misterio de la Iglesia. Esta realidad no se puede transmitir plenamente con palabras. Hay que experimentarla, hay que captarla vitalmente. Mientras esto no suceda, puede que me gusten muchas cosas de Schoenstatt, pero no habré traspasado el umbral, adentrándome en su misterio.

"Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María" leemos en el Documento de Fundación.

Y de esa experiencia nace la vinculación creyente al lugar, al Santuario. Más de una vez se oye decir: "Ustedes los de Schoenstatt, siempre insisten con su capillita, con su Santuario ¿por qué? No puedo tomar a mal que alguien no capte esta realidad. Pero si he experimentado al Dios vivo en un lugar, si he percibido la presencia de María en un lugar concreto, no puedo callarme, yo debo dar testimonio. Cada uno, por otra parte, es libre de recibirlo o no. Una afirmación del P. Kentenich, al cumplir 73 años: "Mi misión fue -y es- anunciar a la Sma. Virgen, darla a conocer en nuestra época, con la misión específica que Ella tiene desde su Santuario de Schoenstatt para el tiempo actual".

A medida que pasan los años, se comprende mejor la misión secular del P. Kentenich, promotor, testigo y heraldo de la presencia de la Sma. Virgen María en un lugar concreto: El Santuario de Schoenstatt.

Recordemos un testimonio suyo. (1939). Había estallado la Segunda Guerra Mundial. El Padre Kentenich se encontraba, circunstancialmente, en Suiza. Con motivo de cumplirse las bodas de plata de la fundación del Movimiento, escribe una carta a Schoenstatt. Al echar una mirada retrospectiva a los 25 años que habían transcurrido, afirma: "Todo lo grande y valioso que hemos recibido durante este tiempo, en este santo lugar, está íntimamente ligado con la Madre, Señora y Reina de Schoenstatt. Simplemente Ella es el don que la sabiduría, bondad y omnipotencia divina ha querido regalar, de un modo especial, el 18 de octubre de 1914 a nuestra Familia y, por su intermedio, nuevamente al mundo entero" (18/10/1939). El "alma" de Schoenstatt radica en el misterio de la presencia y actuación de la Virgen María en el Santuario.

María es la llena de gracia ("Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo", fue el saludo del ángel Gabriel - Lc 1,28). Ella es también, según la constante experiencia y doctrina de la Iglesia, Medianera de todas las gracias. ¿Quién podría captar, plenamente, las gracias que Ella, Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres, ha derramado en el Santuario, en los Santuarios de Schoenstatt, esparcidos a lo ancho y a lo largo de nuestra patria y del mundo? Estamos ante algo misterioso y a la vez fascinante; el misterio del amor de María por nosotros, el misterio de su maternidad universal. Si normalmente un hijo nunca llega a captar, del todo, lo que su madre ha hecho por él, ¡cuán más es así la relación con nuestra Madre Celestial!

En Schoenstatt se habla de tres gracias que recibe el peregrino que llega al Santuario, o de tres "gracias de la peregrinación": el cobijamiento -o arraigo- espiritual; la transformación interior y el envío apostólico. ¿cómo fueron descubiertas? ¿cuándo y quién lo definió así? La respuesta la da el hecho siguiente: Schoenstatt no es en primer lugar un sistema ascético o pedagógico, o un movimiento ideológico, sino un hecho histórico, un proceso vital, del cual ha surgido una corriente, un movimiento de vida. Una comparación: ¿cómo sabemos que tal tipo de aguas termales es apta para curar tal o cual dolencia? Lo enseña la experiencia: con el correr del tiempo puede comprobarse en relación a qué tipo de dolencias o enfermedades dichas aguas actúan en forma benéfica. De modo semejante, con el correr de los años, la experiencia fue mostrando qué gracias especiales concedía la Virgen María desde su Santuario de Schoenstatt. Nos detendremos en cada una de ellas.

 

Cobijamiento espiritual

El drama de hoy no es la velocidad de la vida, las renovadas exigencias que nos plantea, las durezas de la lucha diaria. El drama verdadero es la falta de valores trascendentes, que le den anclamiento. El drama es el desarraigo espiritual, que genera incontables nómades espirituales, vagos, vagabundos. Es la falta de estabilidad y consistencia de los vínculos personales. De arraigo a lugares, a una tradición. En definitiva, la falta de cobijamiento en Dios.

El hombre por ser creatura, por no tener su última seguridad en sí mismo, es un ser inseguro, un ser-en-riesgo. Nadie puede eludir esta dimensión de la condición humana. Ciertamente, hay múltiples formas de evadirla, pero ninguna evasión puede ser una solución verdadera. Si hemos sido creados por Dios, si Dios es nuestro destino último, si de El venimos y al El vamos, no hay otra solución que nuestra entrega radical a El. La dimensión más profunda de nuestro ser es la filial. Un hijo sólo podrá hallar la paz si se encuentra con su padre y con su madre. Esto, a su vez, hace posible el encuentro con los hermanos. Cristiano, significa, en lo más hondo, ser, en Cristo, hijo de Dios Padre: "¡Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!" Ser cristiano significa haber recibido el Espíritu Santo, que no es un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino "un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (Ro. 8:15-16) Cristiano es aquel que se sabe hermano de los hombres. Es tener la experiencia de participar de una historia que es historia de salvación, y que un día culminará en la eternidad.

El encuentro con la Virgen María en el Santuario, es, ante todo, el encuentro de un hijo, de una hija, con su Madre. Es la experiencia de ser acogido, aceptado, enaltecido. En toda mi realidad, con mis luces y mis sombras, con mis éxitos y mis fracasos, con lo bueno y lo malo que hay en mí. En el Santuario me siento cobijado, me siento bien. ("Todos los que acudan acá para orar deben experimentar la gloria de María y confesar: ¡Qué bien estamos aquí! ¡Establezcamos aquí nuestra tienda! ¡Este es nuestro rincón predilecto!" P. Kentenich, 18/10/1914) Ningún hijo puede explicar con palabras lo que su madre significa para él. Mucho menos podemos hacerlo tratándose de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella tiene un carisma maternal misterioso, extraordinario, universal, único. Como lo enseña acertadamente Puebla: "María, Madre, despierta el corazón filial, que duerme en cada hombre. En esta forma, nos lleva a desarrollar la vida del bautismo por el cual fuimos hechos hijos (DP 295). El P. Kentenich, prisionero en el campo de concentración de Dachau, expresaba esta experiencia en forma profunda y sencilla:

La Madre me ha aceptado con bondad y, como sólo ella puede hacerlo, se ha comprometido a cuidarme fielmente en cada circunstancia de la vida, para que, alegre, algún día me acoja la aurora pascual.

Ella es sobre todo, Madre y Reina de misericordia. Como tal, nos lleva, con maestría, a descubrir y a aceptar nuestra realidad, toda nuestra realidad, es decir, también la historia de pecados y de miserias que incluye nuestra vida. Ella nos hace descubrir, vitalmente, el misterio de Cristo, que no vino a buscar a los justos sino a los pecadores. He aquí un estupendo testimonio de San Pablo: "Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y el primero de ellos soy yo (Tim. 1,15). Ella, en Cristo, nos lleva a adentrarnos, siempre más, en el misterio del Padre y de su amor por nosotros ("El hombre y su vocación suprema" -afirma Juan Pablo II- "se desvelan en Cristo mediante la revelación del misterio del Padre y de su Amor". Encíclica Dives in misericordia,1). María nos conduce a descubrir el misterio del amor misericordioso de Dios Padre por nosotros, por todos y por cada uno. Esta realidad es la base de la misericordia con el prójimo, que en la vida práctica se expresa en actitudes muy concretas: paciencia, disposición a perdonar, esperanza siempre viva en la conversión del pecador, no juzgar, para no ser juzgados.

Ella, insuperable en su amor materno por sus hijos, como buena Madre, tiene predilección por los más débiles, los más necesitados, los más miserables. Ella nos enseña que el cobijamiento en Dios resulta de buscar en todo la voluntad de Dios y poniéndola en práctica. Si como Cristo, nuestra norma es hacer la voluntad del Padre, estaremos cobijados en su corazón. "El que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que es de su agrado (Jn 8,29). La Virgen María tuvo que sufrir y sobrellevar muchas asperezas en su vida, pero vivió siempre cobijada y segura en la voluntad del Padre: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc l,38).

La vida de muchos hijos e hijas de Schoenstatt es un testimonio auténtico de que Nuestra Señora de Schoenstatt, desde su Santuario, ha regalado, en abundancia, esta primera gracia de la peregrinación: el cobijamiento espiritual. Su fruto ha sido una creciente actitud de total confianza (y no de temor o de angustia) ante la vida, frente a la muerte y más allá de la muerte. Y así debe ser. El mayor don que hemos recibido de Dios, y la norma fundamental del cristianismo es el amor: Dios es Amor, dice San Juan y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él... No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa al temor (1Jn 4,16.18). Una oración sencilla y profunda del Padre Kentenich sintetiza muy bien esta gracia del cobijamiento:

"En tu poder y en tu bondad fundo mi vida; en ellos espero confiando como niño, Madre Admirable, en tí y en tu Hijo en toda circunstancia creo y confío ciegamente. Amén".

 

Transformación interior

En la actualidad la Iglesia enfrenta no sólo el desafío del ateísmo militante, sino también el fenómeno del ateísmo práctico, que de una y mil maneras impregna la cultura y el medio ambiente en que vivimos y genera así un modo de pensar y de vivir en el cual, la vida cotidiana y Dios poco o nada tienen que ver. Un fenómeno vital exige como respuesta otra realidad vital. A la ausencia del Dios vivo en la existencia cotidiana de muchos, debemos responder con su presencia en nuestras vidas, en la vida de la Iglesia.

Esta fue una de las grandes metas por las cuales trabajó, luchó y sufrió el Padre Kentenich. Anhelaba que la Familia de Schoenstatt, regalara a la Iglesia, como respuesta a los tiempos, "una verdadera santidad de la vida diaria". Nuestra consagración a María debería llevarnos a una creciente transformación en Cristo, a hacernos testigos auténticos de su persona y de su Reino: "hazme portador de Cristo a nuestro tiempo/para que se encienda en el más luminoso resplandor del sol". Se trata de que nuestra vida sea un espejo del ser y del caminar de Cristo aquí en la tierra; de cruzar con El el mundo "fuertes y bondadosos, como vivas imágenes de María". Algo semejante afirmaba vigorosamente el apóstol Pablo, al escribir a los cristianos de Corinto: "llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo". (2Cor 4,10).

Toda auténtica vida cristiana debe caracterizarse por un continuo y permanente proceso de transformación interior. Consiste en despojarnos siempre más del hombre viejo, a fin de revestirnos del hombre nuevo, es decir, de Cristo. Es el hombre en quien vive y actúa el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo ("el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Ro 5,5). Esa ley fundamental del amor debe impregnar toda nuestra vida personal y social. Así iremos construyendo, paso a paso, la "civilización del amor", anunciada por Pablo VI. Presencia del Espíritu que impregna la vida de familia, la vida social, la vida de la Iglesia con amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí. De esa manera se va preparando Aquel día, cuando Jesucristo regrese, al fin de los tiempos. Entonces tendremos "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Apoc 21,1). Entonces, El "transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Fil. 3,21). Entonces nuestra comunión con el Padre y nosotros será plena y definitiva. El Paraíso.

Desde su Santuario de Schoenstatt, la Virgen María quiere manifestar sus glorias como Educadora de un hombre nuevo. Quiere despertar en nosotros el anhelo de una continua y creciente transformación interior; quiere darnos siempre de nuevo valor para trabajar tenazmente en nuestra autoeducación. Quiere, sobre todo, implorarnos la fuerza transformadora del Espíritu Santo, sin cuya poderosa acción nuestros esfuerzos resultarían estériles.

En la vida de muchas personas que se acercaron a Schoenstatt, sellando una Alianza de Amor con la Sma. Virgen en el Santuario, ese proceso de transformación interior ha sido evidente. El Padre Kentenich nos hizo transparente y como visible el rostro de Cristo, la persona del Padre Dios, la persona de María. Por eso, todos aquellos que tuvieron la dicha de conocerlo, a través de esa experiencia se acercaron mucho más al Dios vivo. Su vida es el signo más preclaro, más fuerte de la acción transformadora de María desde el Santuario. En su visita pastoral a Alemania, el Santo Padre Juan Pablo II al hablar a los sacerdotes en Fulda, lo incluyó en una lista de diez insignes obispos y sacerdotes de los tiempos actuales. Y días más tarde, en el Vaticano, le decía al Capítulo General de los Padres de Schoenstatt: "En agradecido reconocimiento por su herencia espiritual a la Iglesia, quise mencionar expresamente al Padre Kentenich en Fulda, con ocasión de mi reciente visita a Alemania, como una de las grandes figuras sacerdotales de los últimos tiempos, y honrarlo así de manera particular."

Es el signo más fuerte de la acción educadora de María en el Santuario. Esperamos y trabajamos para que un día alcance el honor de los altares. Aguardamos confiados el juicio definitivo de la Iglesia. La gloria de este hijo ilustrará más aún la de su Madre. Para gloria de Cristo Jesús, "corona de todos los santos".

 

Envío apostólico

El gran testigo de Cristo ha sido la Virgen María, porque mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, "estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador". Ella es, verdaderamente, la Reina de los Apóstoles. La Escritura nos la muestra reunida en el Cenáculo, en medio de los apóstoles que perseveraban unánimes en la oración. Imagen del pasado, pero también realidad de todos los tiempos, que quiere renovarse en nuestros días.

Con su oración humilde y ardiente, María imploró la venida del Espíritu sobre los apóstoles. Ella lo implora también para que venga a nosotros, a fin de ser transformados, siempre más, en Cristo su Hijo. A fin de asemejarnos a El, reproduciendo en nosotros su imagen. A fin de ser auténticos discípulos de Cristo, es decir: hombre y mujeres llenos del Espíritu Santo, que viven y actúan como "agentes" o instrumentos suyos en la tierra. De ahí que el verdadero apóstol viva desprendido de sí mismo, y adicto a Cristo, vaya muriendo, día a día, el hombre viejo, a fin de que surja en él, el hombre nuevo, es decir, Cristo; no busque su éxito personal, sino la victoria de su Señor; esté siempre alegre, también en medio de las luchas y pruebas de la vida, al saberse, en toda circunstancia, cobijado en el amor misericordioso y fiel del Padre.

En Schoenstatt, la Virgen María es "nuestra Fundadora, nuestra Señora, nuestra Reina" (P.Kentenich 18/10/1939). La consagración, la alianza que sellamos con María en el Santuario, y que procuramos poner en práctica en la vida cotidiana, es garantía de un impulso apostólico siempre renovado. Y así debe ser. Todo encuentro verdadero con María nos debe llevar más profundamente a Cristo, a identificarnos con El. Y por eso a compartir, también, su misión redentora. "Madre tres veces Admirable, enséñanos a combatir como luchadores tuyos... para que el mundo por tí renovado glorifique a tu Hijo Jesús", dice una de las primeras oraciones que viven en la tradición de la Familia de Schoenstatt. Envío apostólico. Schoenstatt, un movimiento de profunda espiritualidad, que impulsa a sus miembros a la santificación personal. Pero "esta santificación se orienta al apostolado y de él vive, e inflama con su ardor el celo por las almas". "No conocemos ningún apostolado sin interioridad y ninguna interioridad sin apostolado". (P.Kentenich). María, la gran Misionera, nos quiere impulsar a la acción, al trabajo apostólico. En nuestro propio ambiente. En mi familia. En el trabajo. En el Colegio o la Universidad. En mi ambiente social. En mi parroquia o en la Diócesis.

Envío apostólico. De modo particular queremos ser apóstoles de María. Darle a conocer, llevar a todos sus hijos a consagrarse, a sellar una Alianza de Amor con ella (esta es una dimensión esencial del Mensaje de Schoenstatt). ¿Qué puedes hacer concretamente? Te enumero algunas posibilidades:

Entronizar la imagen de María en tu casa, erigiendo allí un "Santuario del Hogar". - Enseñar a rezar el Santo Rosario. - Peregrinar y fomentar peregrinaciones a los Santuarios Marianos. - Celebrar las fiestas de la Virgen María. - Vivir el "Mes de María" - Difundir el rezo del Angelus. - Promover las lecturas marianas.

Apostolado mariano. Queremos dar a conocer la presencia peculiar de la Virgen María en su Santuario de Schoenstatt. El Padre Kentenich así lo expresa en una oración: Proclamaremos tu nombre con valentía y guiaremos a los hombres hasta tu Santuario.

Proclamaremos tu nombre. Es decir, anunciaremos también a la Sma. Virgen María como Madre, Reina y Vencedora tres veces Admirable de Schoenstatt. Daremos testimonio de las gracias que ha concedido desde allí. Daremos a conocer la vida del instrumento sacerdotal que ella escogió para manifestarse desde ese lugar. "Y guiaremos a los hombres hasta tu Santuario" A veces llevaré a una persona que tiene un problema, que necesite estar en paz. Otras veces invitaré a una familia. O a un grupo escolar. O a una parroquia. O a una Institución o Movimiento Apostólico. Quien llegue al Santuario con un corazón abierto y creyente, no saldrá del mismo con las manos vacías. De una u otra manera se tornará, a su vez, apóstol del Santuario. I así irá ampliándose el círculo de aquellos que, en la pequeña Capillita, han experimentado la gloria de María.

 

El mensaje de Schoenstatt

Es común oír hablar del "mensaje" de diversos santuarios marianos. Así, por ejemplo, se habla del mensaje de Lourdes, de La Salette o de Fátima. ¿Existe también un "mensaje de Schoenstatt"? Siendo prisionero en el campo de concentración de Dachau, el Padre Kentenich estudió el hecho de Fa´tima y tuvo noticias del acto de consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María, realizado por el Papa Pío XII en 1942. En la Semana de Octubre de 1946, celebrada en Schoenstatt, que tuvo como tema central la coronación de la Sma. Virgen María como Reina del mundo, el Padre Kentenich se planteó la pregunta si existe un "mensaje de Schoenstatt". La respuesta fue afirmativa. Luego de sus experiencias en Dachau, percibía en el mundo un "vaciamiento", una creciente falta de alma: muchos hombres experimentaban el absurdo de la vida. Hay que ayudar a que el mundo selle una profunda Alianza con la Sma. Virgen, a fin de que la Alianza con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo se torne irreversible, profunda e indestructible. Dios ha sellado una alianza de amor con sus criaturas. "Nuestra tarea -afirmaba- consiste en hacer que el mundo tome conciencia de esta alianza de amor. Lo hacemos en la medida en que incorporamos al mundo, nuevamente, a esta alianza de amor con la Sma. Virgen María. Este es el gran mensaje de Schoenstatt."

Este mensaje de la alianza de amor con la Sma. Virgen María tiene sus raíces en la fe práctica en la Divina Providencia, y debe expresarse, en la vida cotidiana, a través de una vigorosa conciencia de misión.

La fe práctica en la Divina Providencia. En el catecismo hemos aprendido que Dios "gobierna el mundo con su Providencia". A medida que hemos ido recorriendo el camino de la vida, nos hemos enfrentado, más de una vez, con situaciones ante las cuales hemos quedado perplejos, sin comprender el por qué. Situaciones en las que nos ha sido dificil percibir detrás el designio de amor y de sabiduría de Dios. Cabe recordar aquí las palabras del apóstol Pablo a los Romanos: ¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos! (Ro 11,33) Sin embargo, como cristianos, afirmamos la existencia de un plan de Dios, un plan para nuestra vida personal, como también un plan para la redención de toda la humanidad. Se trata de un plan que Dios nos va revelando progresivamente. De un plan que podemos ir descubriendo si lo buscamos con un corazón de niño. Se trata de un plan de sabiduría, de amor y de poder infinitos. Un plan que muchas veces no coincide con nuestros planes personales. Un plan que incluye también una cuota de dolor y de cruz, sin la cual no seríamos verdaderos cristianos, ni participaríamos del dolor redentor de Cristo, para alcanzar, de esa manera, la gloria de su resurrección.

La fe práctica en la Divina Providencia significa buscar ese plan de Dios y procurar realizarlo en nuestra vida. Consiste en hacer de la voluntad del Padre la norma fundamental de nuestra vida, confiando en que todo lo demás se nos dará por añadidura. Así lo expresa el P. Kentenich en una oración compuesta en Dachau:

Padre, hágase a cada instante lo que para nosotros tienes previsto. Guíanos según tus sabios planes y se cumplirá nuestro único anhelo.

Por eso, detrás de cada acontecimiento debemos procurar percibir el plan del Padre. Una pregunta sencilla puede ayudarnos en esta tarea: ¿qué me quiere decir Dios con esto? Como todo principiante, al comienzo seremos algo torpes en percibir los deseos de Dios, también lo que El permite. Pero si perseveramos, poco a poco se irá aguzando nuestra sensibilidad, el radar de nuestra fe. Iremos desarrollando como un "instinto" para detectar los planes de Dios vivo. Aunque a menudo atravesemos por oscuridades, mantendremos una profunda paz interior: "el Padre tiene el timón, aunque yo no sepa el destino ni la ruta".

No vamos a desarrollar aquí lo que es la alianza de amor con la Sma. Virgen. Diremos sí, una palabra acerca de la conciencia de la misión. Ante el vacío interior de muchos, el aburrimiento de algunos o el cansancio de otros, Schoenstatt proclama, como parte esencial de su mensaje, la conciencia de misión. Esto quiere decir, en otras palabras, que nadie está de balde en este mundo, o tiene vocación de mero espectador. Todos tenemos una tarea que cumplir, algo que realizar, en síntesis, una misión. El mismo Señor es quien nos envía. Y por eso, nos sabemos instrumentos en sus manos todopoderosas. A pesar de los límites de todo lo humano, estamos llenos de confianza en la fuerza divina que actúa en nosotros (..."que mi poder se manifiesta al máximo en tu flaqueza" 2Cor 12,9). Aquí estriba nuestra esperanza de alcanzar la victoria final. Sabemos por experiencia, que la vida es lucha. Sabemos que nos esperan muchas dificultades. Sin embargo, creemos en las palabras del Señor: "En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor: Yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). Nos inspiran las palabras que el Padre Kentenich escribiera a la Familia de Schoenstatt días antes de su muerte: "Con María, alegres por la esperanza y seguros de la victoria, hacia los tiempos más nuevos".




fundador     -     HOME     -     estructura